RICARDO FERNÁNDEZ BLANCO
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domingo, 12 de febrero de 2012
sábado, 11 de febrero de 2012
Pibe
Me he hecho un análisis de sangre. Me parece que cincuenta es una palabra estable pero limítrofe, mucho más que un número medianero y común. Ya me han dado los resultados. Tenía curiosidad por saber si mi tiempo me había pasado factura y además, como sólo me gustan las sorpresas buenas, mi intención era hacer una buena defensa, quitarle la pelota limpiamente a cualquier delantero malintencionado. La realidad es que salí tan bien parado del dentista que me envalentoné y pensé que otra alegría en tiempos de poca lírica y mucho palo me vendría estupendamente. Dicho y hecho. Estoy como un chaval, mejor que a los cuarenta, como un pibe en el sentido más rioplatense de la palabra.
Fuera del ámbito charrúa los primeros que me llamaron pibe fueron Juan y Jandira en aquella Pontevedra acariciada por la movida viguesa de los tempranos ochenta. Los dos eran clientes asiduos del restaurante donde yo trabajaba de pinche de cocina para una pareja también de dos no tan enamorados. Jandira, una brasilera retinta, se reía cada vez que me llamaba así y Juan, un gallego de pro que sabía de mis discretas conquistas, soy del lado oriental de la orilla, le fue poniendo la mayúscula a base de miraditas cómplices y mucho estribillo y el apodo al final cuajó.
-¡Que viene su marido, Pibe!
- Gracias, Juan. Vos sí que sos un amigo.
Yo era flaco, muy joven y hablaba con la ye moldeando las palabras hasta hacerlas de azúcar. ¿Qué me iban a importar a mí su marido o el colesterol?
El caso es que arrastré durante aquel tiempo de adaptación la denominación de origen de Pibe.

Al año las circunstancias me hicieron dejar de serlo. Mi viejo se piró para siempre aferrado a un paquete de Ducados y en un segundo tomé muy malamente las riendas de la casa. Tan mal lo hice que incluso perdí el apodo.
Ahora que lo pienso puede que lo que quisieran los demás capitaneados por Juan y Jandira fuera ayudarme en la reconversión. Pero no es nuevo que soy curioso y me va aprender a los porrazos. De siempre. Así que salí a comerme el mundo con el cuento de que volvería lleno de especias, una vez más.
Volví al tiempo, como hacemos los que andamos para adelante desinteresadamente, para sacudirme y empezar de nuevo. Siempre estoy en esas, aceptando y perdiendo apodos. He dado mucho y me han dado más de lo que esperaba. Y lo curioso del caso es cada vez estoy en mejor forma para dar, para comerme el mundo junto a la persona que quiero. Los análisis lo confirman, estoy mucho mejor que a los cuarenta, como un chaval, como un Pibe.
Fuera del ámbito charrúa los primeros que me llamaron pibe fueron Juan y Jandira en aquella Pontevedra acariciada por la movida viguesa de los tempranos ochenta. Los dos eran clientes asiduos del restaurante donde yo trabajaba de pinche de cocina para una pareja también de dos no tan enamorados. Jandira, una brasilera retinta, se reía cada vez que me llamaba así y Juan, un gallego de pro que sabía de mis discretas conquistas, soy del lado oriental de la orilla, le fue poniendo la mayúscula a base de miraditas cómplices y mucho estribillo y el apodo al final cuajó.
-¡Que viene su marido, Pibe!
- Gracias, Juan. Vos sí que sos un amigo.
Yo era flaco, muy joven y hablaba con la ye moldeando las palabras hasta hacerlas de azúcar. ¿Qué me iban a importar a mí su marido o el colesterol?
El caso es que arrastré durante aquel tiempo de adaptación la denominación de origen de Pibe.

Al año las circunstancias me hicieron dejar de serlo. Mi viejo se piró para siempre aferrado a un paquete de Ducados y en un segundo tomé muy malamente las riendas de la casa. Tan mal lo hice que incluso perdí el apodo.
Ahora que lo pienso puede que lo que quisieran los demás capitaneados por Juan y Jandira fuera ayudarme en la reconversión. Pero no es nuevo que soy curioso y me va aprender a los porrazos. De siempre. Así que salí a comerme el mundo con el cuento de que volvería lleno de especias, una vez más.
Volví al tiempo, como hacemos los que andamos para adelante desinteresadamente, para sacudirme y empezar de nuevo. Siempre estoy en esas, aceptando y perdiendo apodos. He dado mucho y me han dado más de lo que esperaba. Y lo curioso del caso es cada vez estoy en mejor forma para dar, para comerme el mundo junto a la persona que quiero. Los análisis lo confirman, estoy mucho mejor que a los cuarenta, como un chaval, como un Pibe.
martes, 27 de diciembre de 2011
Dinamita (christmas 2012)
Dice mi amigo Luis, y no le falta razón, que hay que dinamitarlo todo, que nuestro diseño está agotado, y además, agota a nuestro cerebro que ya no sabe qué hacer para reciclarse.
Yo hubiera podido no prestar atención a sus reflexiones, estamos en Navidad y tenemos la costumbre de bendecir continuamente hechos y pensamientos que nos entran por un oído y nos salen por el otro sin inmutarnos. Pero los cartuchos los estaba depositando en mi cerebro un tipo hecho y derecho, que todavía conserva su casa y su trabajo y que no ha tenido que indignarse porque ya lo está desde hace mucho tiempo, un tipo que se dedica a algo aparentemente tan banal e innecesario como el teatro.
Sinceramente creo que el grandullón de Luis se refiere de verdad a colgar indiscriminadamente de la Vía Láctea códices y monedas, estatutos y bienestares pero también, y es ahí donde él espera que yo colabore encendiendo la mecha, a reventar de una vez por todas esas ideas disfrazadas de modernas pero obsoletas e injustas que nos rigen de manera dictatorial.
Ahí es nada.
No he podido evitarlo, he entrado a saco en su propuesta. Tal vez porque las gentes con futuro me nacen por todas partes y ahora incluso los veo más chiquititos e indefensos que antes, tal vez porque presiento que se acercan algunos finales inevitables y por lo tanto dolorosos e injustos también, tal vez porque ha coincidido que por azar o por ganas de vivir, ojalá que por rebeldía, estoy volando por los aires en una explosión abierta y fecunda que el cuerpo y la mente me pedían desde hace 38 meses como mínimo.
Soy yo el responsable de mi esparcimiento. Y me niego a renacer, construir o como diantres se diga, egoístamente un nuevo Ricardo. Se trata, y ahí está la suerte que hay que echar, de rebuscar entre los pedazos para rescatar esas ideas justas y esos sentimientos solidarios que nos vienen de fábrica, personales e intransferibles como Messi y que son los únicos que nos pueden amaestrar el corazón y la piel, esas dos cosillas que tanto necesitamos que nos toquen.
Se trata, y ahora entiendo a Luis que no habla ni le gustan los baldíos, de zambullirnos en el baúl de nuestras conciencias abrazados a una ristra de cartuchos de dinamita como Pierrot, le fou, pensando que sin todos nosotros no se puede.
Feliz explosión 2012,
os quiero a todos y os necesito para que me echen mecha, nomás..
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sábado, 26 de noviembre de 2011
ALMA, mi gremio...

CONCLUSIONES DEL SEGUNDO ENCUENTRO DE GUIONISTAS
Madrid, 4-6 de noviembre 2011
Estamos orgullosos de ser guionistas. Somos un colectivo con un sentimiento de unión inquebrantable. Y a pesar de que nuestra situación laboral es en muchas ocasiones precaria, seguimos no sólo trabajando, sino también generando trabajo para otros.
Padecemos los malos hábitos del sector audiovisual sin dejar de creer en su potencial de desarrollo como industria y servicio, como legado cultural. Por todo ello y a raíz del II Encuentro de Guionistas manifestamos que:

1. Pese a la actual coyuntura de crisis y por mucho que cambien los modelos de negocio, el público demanda y seguirá demandando contenidos, y no existen contenidos sin guionistas. De modo que los guionistas somos necesarios y permaneceremos.
2. Los guionistas vemos la multiplicación de las ventanas de exhibición de obras audiovisuales como una oportunidad. Las estructuras tradicionales de producción no van a desaparecer sino a convivir con nuevas formas de creación, realización y exhibición. Ésta es una buena ocasión para que aquellos de nosotros que lo deseen, asuman mayores riesgos con el fin de tener mejor control sobre su trabajo.
3. El guión merece el respeto de todos los que intervenimos en la realización de ficción televisiva; desde la gestación de un proyecto hasta su emisión. Sea cual sea la tendencia a la hora de organizar el trabajo, un buen trabajo de guión requiere de unas condiciones mínimas para desarrolarse correctamente, y las empresas tienden a vulnerarlas en su beneficio exclusivo, sin tener en cuenta a los profesionales. Es necesaria una normativa legal, pactada con la industria, que nos proteja. Además, cuando nuestras condiciones de trabajo no son justas, los guionistas tenemos el deber de decir NO.
4. Los guionistas de programas exigimos consideración: Donde hay creación, hay autoría. Copamos con nuestra producción un alto porcentaje de la parrilla televisiva y sin embargo las cadenas suelen asimilarnos a los redactores. En consecuencia nuestra remuneración es inferior y se ningunea la vertiente creativa de nuestro trabajo, con lo cual no cobramos derechos de autor. Pedimos la apertura de un debate gremial y con las sociedades de gestión de derechos de autor para, entre otros, tratar la cuestión de qué formatos deben generar derechos y cuáles no.
5. Las televisiones deben apoyarse en los guionistas a la hora de crear nuevos contenidos. La dificultad de las cadenas para definir tendencias más allá de propuestas repetitivas o conservadoras es un síntoma de la escasa participación del guionista en los procesos de búsqueda y creación de formatos. Una buena televisión es aquella que forja su personalidad a través de una combinación inteligente de producciones asentadas y proyectos de riesgo. Los guionistas podemos y queremos tener un rol en este proceso. Es necesario que las cadenas nos reciban y nos escuchen; generar un
mercado de ideas.
6. Constatamos que en la industria cinematográfica existe cierta distancia entre las películas que se impulsan y las historias que demanda nuestro público. No lo formulamos como crítica a la Administración sino como reflexión que merece la búsqueda de soluciones por parte de todos los implicados, desde nosotros los guionistas hasta los exhibidores, pasando por directores, productores o distribuidores. Es tiempo de sentarse para ver de qué manera acercamos proyectos y gustos del espectador.
7. Las televisiones públicas, especialmente las autonómicas, están en riesgo de desaparición. Su función como servicio es indiscutible: aseguran la pluralidad y riqueza que nos define como sociedad, además de ser la plataforma de donde salen los formatos más innovadores. Más allá del rendimiento económico, ha de valorarse en términos de función social. Los guionistas no vamos a permitir que los políticos instrumentalicen las televisiones.
8. Los guionistas hacemos una defensa nítida y contundente de los derechos de autor. Al contrario de lo que se ha trasladado a la sociedad, atacar a los derechos de autor supone, de facto, favorecer los intereses de grandes corporaciones de la industria cultural, en detrimento del autor y del consumidor. La Ley de Propiedad Intelectual protege al autor logrando que participe de aquellos beneficios que su obra genere. Así pues, los derechos de autor son los garantes de la existencia de nuestro trabajo, con independencia de qué sociedad los gestione.
9. La sociedades de gestión de derechos de autor están obligadas a responder a las necesidades reales de sus socios. Del mismo modo, los socios deben comprometerse en su funcionamiento eficaz. La imagen de los autores es nuestro propio compromiso.
10. Los guionistas exigimos que, sin demora, se revise la Ley Orgánica de Libertad Sindical. Los sindicatos hemos de tener representatividad para poder defender nuestro colectivo profesional a través de la negociación y firma de convenios y acuerdos sectoriales. Invitamos al resto de compañeros del sector a unirse en esta demanda.
Todo empieza y todo acaba con un guión, Ernest Lehman

I will, proudly and by preference, do at least one picture a year for King Brothers, and I will try to make it the best picture that I have it in me to do. Dalton Trumbo
sábado, 8 de octubre de 2011
Hay cielos que son así
¡Qué bien se estaba en casa de los Mironov! alcanzo a pensar entre ronquido y ronquido de mi vecino de litera ¡Y cómo pasa el tiempo! Porque esto de dormir en cualquier parte, con traqueteo y ruidos de todos los colores para mí antes era el Paraíso (ya estamos otra vez:-) Pero la costumbre y las comodidades se agarran más que una garrapata montañesa. Peor lo tiene el otro espabilao de la cama de abajo que se ha tenido que levantar para abrirme la puerta, trabada, que me impedía ir al baño. “Espasiva” le digo por lo bajín y me gruñe.
Me aireo mirando las sombras por la ventanilla. Falta poco para que amanezca. El tren que me trae de regreso de San Peter a Moscú es un poco más lento que el que nos llevó. El recuerdo de las historias que me contó Sergei me hacen imaginar el paisaje ahora de otra manera. La madrugada por estos lares sería esperada y temida en otros tiempos. Claudicar y dormir para siempre, vencidos o aferrarse al primer rayo de sol para que les devuelva a la vida unas horas más. Alemanes y rusos comparten una carga similar que a los mediterráneos se nos antoja individual en todo caso. Y es que no hay color cuando se suman fechas y muertos.
La realidad es que el color se quedó para siempre en San Peter. La osadía de un emperador extranjero, copiota y despilfarrador consiguió ese milagro. Majestuosa y viva, fluvial, culta y casi amable, sin llegar a sorprenderme, San Petersburgo me fascinó no sólo por los tacones. Y en eso tienen mucho que ver Marina y Sergei que me adoptaron como a uno más de la familia con el riesgo que eso conlleva conmigo. Quiero decir que me adapto como un camaleón y acabo confundiendo a mis anfitriones que al poco rato empiezan a dudar del tiempo que llevo allí. Esto lo saben bien en Amsterdam y Berlín.
De Marina me quedo con el momento en que le enseñé el video de Moscú y se puso a cantar a duo con Kira y también cuando siguiendo la tradición, el día que me iba, organizó “la reflexión antes de partir” donde el viajero está obligado a pensar si lleva todo lo necesario para el viaje incluyendo, imagino, el preguntarse ¿por qué se va?
De Sergei, al margen de su pasión por la historia, me quedo con la forma en que dice Kirusha cada vez que nombra a su hija. No hay ternura mayor.
No viene a cuento ahora endulzar el discurso hablando de mis anfitriones directos, Kirusha y Josemari. Son mis amigos, me lo paso teta con ellos en Orcasur o en la Cochinchina y fueron unos guías inmejorables.
El programa incluyó algunas actividades preestablecidas como visitar el museo Ermitage, ver el infaltable El lago de los cisnes, el brujo me decepcionó con su salto (donde esté Billy Elliot que se quiten los demás) y también disfrutar de Tosca en un teatro de Opera de cámara que nos dejó extasiados.
Hubo paseo en barco por los canales pequeños, paseo en barco con salida al mar Báltico (Finlandia estaba ahí nomás a tiro de piedra) y visitas varias a pueblos palaciegos y encantadores.
Pero el programa también tuvo sus digresiones. Los picnics con sanwiches y sin cuervo y con barbacoa y con cuervo, los desayunos con caviar (toma ya) y la velada con vodka de garrafón y música de Los Ronaldos. Las cenitas por ahí y aquella partida improvisada de una especie de juego del diccionario en la que acabamos jugando con medio bar (¡qué cabrones los peteburgueses, Jose, nos ganaron cuando nos preguntaron por la poesía de Pushkin!)
Pero yo soy hijo de zapatero. Me va la poesía sí pero también los cambrillones. Mi gozo estaba en la calle.
Hago resumen mientras escucho por enésima vez en los últimos 23 días cómo funciona el sistema de seguridad del avión. Ya estoy más calmado. Hace un par de horas, fiel a mi estilo, andaba perdido por el metro de Moscú buscando una estación imposible. Con el de los ronquidos, con el de la puerta y con la señora invisible del tren compartí desayuno barato y gruñidos de aprobación. Para nosotros los rayos de sol que se colaban por la ventana significaban empezar a andar otra vez.
¿Con qué me quedo de este viaje? El pensamiento es mezquino ya en su planteamiento. Pero me hago la pregunta con toda la intención del mundo.
Quiero resaltar el abrazo inmenso y largo, de 32 años sin vernos, que me dio Daniella en el aeropuerto de Amsterdam. Quiero resaltar la familiaridad con la que Sole y David me abrieron su casa ¿o ya es de Sofía? y su corazón como si nos viéramos todas las semanas. Quiero resaltar lo que sea que les haya dicho Kirusha a su padres de mí para que me recibieran de esa manera y también su amor por mi amigo que me produce envidia y gozo.
Pero sobre todo, en el top de los principales y para siempre en mi memoria, quedará esa impresionante ocurrencia de Jose que me fue a esperar cantando el “No hay manera” de Los Ronaldos con guitarra y coro, a la terminal del aeropuerto de Moscú el día de mi llegada. Acabamos, lógicamente, cantándola a duo como tantas otras veces para sorpresa del personal y los viandantes. Era lo suyo, no me iba a rajar en el mejor momento.
Mientras el avión se acomoda en el cielo de Kiev y toma rumbo a Madrid y mantengo la esperanza de que a mi maleta le haya dado tiempo de cambiar de vuelo pienso que en cada sitio he estado el tiempo necesario para disfrutar y dejar abierta la puerta del regreso sin cansar a los anfitriones. Siempre se me ha dado bien esto de las medidas. Será porque no me canso de repetir el dicho ese que versa: “ el que se va sin que lo echen vuelve sin que lo llamen”.
miércoles, 21 de septiembre de 2011
Purgatorio
Es martes. Supe que no había estado en otro paraíso cuando empezaba a abandonar Moscú. Jose me había avisado pero, hombre, todo estaba rodando tan bien que me rebelé un poquillo a creerle.
La capital rusa es bonita muy de a ratos. Prevalece la rudeza de la austeridad general con la que fue reconstruida. Brillan, y era de esperar, sus tesoros arquitectónicos históricos y religiosos, sus amplias y peligrosas avenidas, y casi a cualquier hora del día, en cantidades que marean, sorteando cualquier escollo terrestre o marino, ignoradas por los regulares e ignorantes del terremoto emocional que provocan en algunos como yo, los afilados tacones que sostienen las más variadas y estilizadas piernas jamás vistan antes por este, ahora lo sé, ordinario y emocionado voayeur.
Un lugar así, donde tocar me será imposible porque nunca sería capaz de elegir, no puede ser paraíso alguno.

De todas maneras, el buen humor no es una característica propia de los rusos moscovitas, así que dejando de lado los obeliscos femeninos la cosa es más bien gris.
Y eso que la suerte musical volvió a acompañarme en este viaje. Ese fin de semana festejaban el día de Moscú o algo parecido. La principal arteria de la capital estaba cortada al tráfico y repleta de gente y escenarios multimusicales ensalzando a la patria y honrando a los héroes de la segunda guerra mundial con canciones que iban desde la más pura tradición al último grito en rock & roll.
José y yo nos pusimos tan contentos de ver algo de color que no fuera una catedral o el kremlin que para calmarnos decidimos meternos en un cine de versión original, el único o uno de los pocos que hay por ahí. La película no podía ser más adecuada: El mundo se va al carajo según Lars Von Trier.
Si la película nos dividió, la cena de típica cocina georgiana nos amigó tanto otra vez que Jose no daba crédito a que yo no diera crédito al ver que los rusos, georgianos y demás ¡acompañan a la comida con bebidas dulces peores que la Pepsi. Para ser sincero no esperaba que comieran con vodka pero esto era demasiado.
Como soy como soy comiendo, me hice enemigo de la de la botella verde y fan de la de la botella marrón que se llama Kvas si mal no recuerdo y que me sabía a la malta de mi infancia.
La comida, la rusa del día siguiente también, una pasada de rica entre la que destacan la sopa de remolacha, los cereales con verduras y las carnes asadas. Todo esto lo sé porque aunque tragón tengo algo de paladar y porque Jose por la cuenta que le trae es capaz de reconocer unas cuantas palabras escritas en cirílico. Yo bastante tenía con llamarle pectopán a los restaurantes.
En Moscú también encontré la prueba física de que Rosendo Mercado se ha pasado al clásico. El tío está loco por incordiar.

El plan, por culpa del amor de Jose por su amada, estaba decidido desde que ella nació en Petersanburgo, como dice mi madre, así que nuestras horas en Moscú estaban contadas. Aún así nos dio tiempo de conocer a Isabel que nos regaló unos cupones de descuento para el paseo en barco, de jartarnos de iconos y de gastar las preciadas suelas de mis Ascis antitodo recientememte adquiridas en Amsterdam.
Es martes, el primero que apareció, y hemos cogido una especie de tren bala disparada con discreción. Vamos en un vagón cómodo que compartimos con otras tres personas entretenidos con nuestros mini portátiles, degustando té y café y esperando yo, que soy un iluso, que aparezcan unas montañas o unas colinas al menos. Ochocientos y pico de kilómetros que separan la capital, Moscú, todavía algo soviet a su pesar, con el golfo de Finlandia en el mar Báltico donde descansa y reina Kira, la de San Petersburgo, medio sevillana ya, y “ese rubio objeto del deseo” para mi amigo del alma y ese cobijo y fonda para mí.
Además, parece que se estrena la última de Almodóvar allí.
El sueño de Pedro el Grande me espera en la ciudad de los palacios y los canales, pero yo, como está de más aclarar, no soy Catalina. Ni tampoco soy... Penélope.
.
La capital rusa es bonita muy de a ratos. Prevalece la rudeza de la austeridad general con la que fue reconstruida. Brillan, y era de esperar, sus tesoros arquitectónicos históricos y religiosos, sus amplias y peligrosas avenidas, y casi a cualquier hora del día, en cantidades que marean, sorteando cualquier escollo terrestre o marino, ignoradas por los regulares e ignorantes del terremoto emocional que provocan en algunos como yo, los afilados tacones que sostienen las más variadas y estilizadas piernas jamás vistan antes por este, ahora lo sé, ordinario y emocionado voayeur.
Un lugar así, donde tocar me será imposible porque nunca sería capaz de elegir, no puede ser paraíso alguno.
De todas maneras, el buen humor no es una característica propia de los rusos moscovitas, así que dejando de lado los obeliscos femeninos la cosa es más bien gris.
Y eso que la suerte musical volvió a acompañarme en este viaje. Ese fin de semana festejaban el día de Moscú o algo parecido. La principal arteria de la capital estaba cortada al tráfico y repleta de gente y escenarios multimusicales ensalzando a la patria y honrando a los héroes de la segunda guerra mundial con canciones que iban desde la más pura tradición al último grito en rock & roll.
José y yo nos pusimos tan contentos de ver algo de color que no fuera una catedral o el kremlin que para calmarnos decidimos meternos en un cine de versión original, el único o uno de los pocos que hay por ahí. La película no podía ser más adecuada: El mundo se va al carajo según Lars Von Trier.
Si la película nos dividió, la cena de típica cocina georgiana nos amigó tanto otra vez que Jose no daba crédito a que yo no diera crédito al ver que los rusos, georgianos y demás ¡acompañan a la comida con bebidas dulces peores que la Pepsi. Para ser sincero no esperaba que comieran con vodka pero esto era demasiado.
Como soy como soy comiendo, me hice enemigo de la de la botella verde y fan de la de la botella marrón que se llama Kvas si mal no recuerdo y que me sabía a la malta de mi infancia.
La comida, la rusa del día siguiente también, una pasada de rica entre la que destacan la sopa de remolacha, los cereales con verduras y las carnes asadas. Todo esto lo sé porque aunque tragón tengo algo de paladar y porque Jose por la cuenta que le trae es capaz de reconocer unas cuantas palabras escritas en cirílico. Yo bastante tenía con llamarle pectopán a los restaurantes.
En Moscú también encontré la prueba física de que Rosendo Mercado se ha pasado al clásico. El tío está loco por incordiar.
El plan, por culpa del amor de Jose por su amada, estaba decidido desde que ella nació en Petersanburgo, como dice mi madre, así que nuestras horas en Moscú estaban contadas. Aún así nos dio tiempo de conocer a Isabel que nos regaló unos cupones de descuento para el paseo en barco, de jartarnos de iconos y de gastar las preciadas suelas de mis Ascis antitodo recientememte adquiridas en Amsterdam.
Es martes, el primero que apareció, y hemos cogido una especie de tren bala disparada con discreción. Vamos en un vagón cómodo que compartimos con otras tres personas entretenidos con nuestros mini portátiles, degustando té y café y esperando yo, que soy un iluso, que aparezcan unas montañas o unas colinas al menos. Ochocientos y pico de kilómetros que separan la capital, Moscú, todavía algo soviet a su pesar, con el golfo de Finlandia en el mar Báltico donde descansa y reina Kira, la de San Petersburgo, medio sevillana ya, y “ese rubio objeto del deseo” para mi amigo del alma y ese cobijo y fonda para mí.
Además, parece que se estrena la última de Almodóvar allí.
El sueño de Pedro el Grande me espera en la ciudad de los palacios y los canales, pero yo, como está de más aclarar, no soy Catalina. Ni tampoco soy... Penélope.
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miércoles, 7 de septiembre de 2011
de Paraíso perdido a Paraíso recobrado
Hay algún defecto en mi inconsciente que hace que me juegue buenas pasadas. En situaciones que prevé normales y llegar tarde para mí lo es, tira del archivo de información que tiene, habla con otra parte del cerebro, la que sea que necesite, se ponen de acuerdo con mis ojos y sin necesidad de manipular mis gafas me hacen percibir, leer me atrevería a decir, una hora anticipada de la salida del vuelo. Resultado, que ha pesar de mis habituales torpezas con la maleta y las direcciones de los trenes y en este caso con el idioma he llegado con tiempo de sobra al aeropuerto.
De todas maneras, tratándose del Paraíso no hay que descartar la intervención divina.
Berlín es, sobre todo, interesante, fluida, abierta y apetecible. Es verdad que los que llegamos a visitarla, vivir será otra cosa, venimos con una carga positiva que la hace hasta hermosa cuando en realidad es más bien resultona. En la lucha por ser paradigma del libre pensamiento y la cultura o prusiana con todas sus consecuencias, la balanza oscila entre su frenética actividad cultural y su mezcolanza de razas y opiniones y la programada puntualidad para todo lo que hacen. Ese mix es probablemente gran parte de su encanto.
Pero no tenemos que olvidar la historia reciente mitad carga comunitaria mitad otra cosa diferente a nivel individual.
El caso es que a mí me acompañó todo el rato la fluida, abierta, apetecible e interesante Berlín.
En casa de Sofía me esperaban Sole con su bicicleta, David con su canoa y Jan con su simpatía, sólo tenía que seguir el mapita, dejarme llevar.
Berlín tiene un tráfico bicicletero más espacioso que Amsterdam aunque la realidad es que se comparte la calle con el coche mucho más. Es una ciudad cómoda con un eficiente transporte público, agradable para caminar.
La primera tarde, después de atravesar de este a oeste como manda la tradición la puerta de Brademburgo, mis pasos errantes (no hay mapa que los dirija) me llevaron a la puerta medio escondida del legendario, para mí, Teatro de la Berlin Ensamble. Fue una pena porque estaba dispuesto a entrar a ver lo que fuera pero no quedaban entradas.
Como castigo por mi mal fario al otro día me pedaleé unos cuantos memoriales tipo Marx y su socio, caídos por las patrias, entradas a occidente célebres como el Check Point Charlie y su monigote para las fotos y el más reciente de los monumentos famoso por la polémica que originó su coste: los dos mil y pico de bloques de granito en memoria del holocausto judío.
Ya entrado en flagelos que me daban gustirrinín, a la siguiente mañana me lancé con Sole y Marta a ver una exposición sobre el renacimiento, barrios periféricos, el mirador que no falte, el reconfortante museo del cine con su muñeco de Metrópolis y sus trajes de Marlene Dietrich y su ausencia de Nosferatu y por supuesto, lo que queda por delante y por detrás de mi hermano de nacimiento, el Muro de Berlín.
Para la traca final quedaban David, su canoa y los canales de la ciudad que estos entrañables amigos aman. Mi pericia remando no se puede decir que ayudara mucho a David, que también deseaba desde hace tiempo hacer ese paseo urbano, pero fue una experiencia inolvidable que siempre le agradeceré.
Con los brazos doloridos y la bendita equivocación con la hora de mi vuelo me encamino aún más al norte, más al este, donde me espera mi compañero del alma Josemari, el novio de Kira, el que vive en Moscú, con una apretada agenda para hacer esta vez a pata.
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